El lenguaje como medio para legitimar la prostitución

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El lenguaje como medio para legitimar la prostitución

El lenguaje no es simplemente un medio de comunicación, las palabras no significan nada sin un contexto que les dé significado. Además el lenguaje ayuda a crear la realidad y a legitimarla. Un ejemplo claro de ello es cómo se utiliza el lenguaje como medio para legitimar la prostitución.

Mediante el lenguaje se constituyen los significados que una sociedad le da a los diferentes conceptos y dichos conceptos son eficaces en función de si sirven para comprender la realidad, para explicarla, transformarla y también para legitimarla.

Las experiencias de los seres humanos adquieren un significado u otro en función de nuestro lenguaje. Lo mismo ocurre con las identidades de las personas, que no se forjarán de la experiencia vital en sí misma, sino en función del juicio discursivo que a esta se atribuya.

De modo que una misma palabra o experiencia adquirirá un significado u otro en función del momento histórico, del lugar geográfico y del contexto social, cultural y económico y no tendrá significado en sí misma.

Igualmente, una experiencia puede cambiar de significado si le cambiamos el lenguaje y la resignificamos.

Por tanto, los conceptos adquieren significado a través de las experiencias sociales y a su vez las experiencias sociales pueden cambiar de significado si cambiamos los conceptos.

El modo en que cada sujeto se vive y se piensa está mediado por el sistema de representación del lenguaje que articula los procesos de subjetividad a través de formas culturales y de relaciones sociales.

Un ejemplo clarificador del poder del lenguaje sobre la experiencia de los individuos, es el concepto género.

El sexo es una realidad anatómica y biológica, que social e históricamente no debería tener ningún significado ni relevancia.

En cambio, esta diferencia de sexos, se ha traducido en desventaja social.

El signo «hombre» y el signo «mujer» también son construcciones discursivas que el lenguaje de la cultura proyecta en la superficie anatómica de los cuerpos, construidos tras una falsa apariencia de verdades naturales.

Por tanto, a través del lenguaje es posible “crear” experiencias, ya que los problemas sociales no existen hasta que la sociedad los denomina problemas e intenta evaluarlos y solucionarlos.

Lo mismo ha ocurrido con el género. Hasta que no se ha identificado como las diferencias anatómicas se habían traducido en desigualdades sociales, no existía el concepto “género” para nombrar esas experiencias. Y este concepto ha ayudado a abordar la problemática social de opresión y desigualdad de las mujeres.

Aunque cada vez más se está celebrando, resignificando y actualizando, entendiéndolo falazmente como forma de identidad por el transactivismo y la teoría queer.

Otro ejemplo de cómo a través del lenguaje quieren resignificar la experiencia.

Sin embargo, actualmente se está utilizando el lenguaje como medio para legitimar la prostitución.

La prostitución y la trata, dos realidades indisociables, tienen connotaciones negativas. Las mujeres prostituidas viven en condiciones infrahumanas, son explotadas en contra de su voluntad, se les niega su libertad, son violadas y todos estos hechos tienen incontables consecuencias físicas y psíquicas.

Además, la prostitución y la trata también son inseparables del sexo. Es decir, el 98% de las personas víctimas de trata son mujeres y niñas. Es por ello que no podemos hablar de personas, sino que debemos hablar de mujeres y niñas.

Pero, ¿por qué y cómo se utiliza el lenguaje como medio para legitimar la prostitución?

Empecemos por el porqué.

La industria prostitucional y proxeneta mueve millones y millones de forma clandestina, por lo que su legalización beneficiaría económicamente a muchos, incluidos los gobiernos de los estados con impuestos.

En un mundo neoliberal las consecuencias que esta legalización puede tener para las mujeres y las niñas del mundo no importan. Somos simplemente fuentes de ingresos para ellos.

Además, los puteros saldrían muy beneficiados. No tendrían que esconderse y reafirmarían en su posición.

Sin embargo, la legalización de la prostitución no es tan sencilla ya que cuenta con rechazo social y es algo que se practica “de puertas para dentro”.

A pesar de que diferentes estudios afirman que 1 de cada 3 hombres españoles ha consumido prostitución, parece ser que nadie lo ha hecho. No lo reconocen, no se ve como algo positivo, ni siquiera por parte de los puteros.

Es por ello que el paso previo para su legalización es su legitimización y una estrategia muy eficaz es utilizando el lenguaje.

Y este es el cómo (uno de ellos).

Como he dicho anteriormente, un concepto adquiere el significado del que lo dotamos en base a nuestras experiencias sociales, pero también nuestras experiencias sociales pueden cambiar de significado si cambiamos el concepto que las califica.

Es lo que está ocurriendo con la prostitución.

Se está rodeando a la prostitución de palabras biensonantes, como trabajo, sindicatos, derechos humanos, libertad individual y autodeterminación. Además, el hecho de ser prostituida ha pasado a llamarse “trabajo sexual” y a los proxenetas se les llama “empresarios independientes”.

También se inunda a la supuesta “trabajadora social” de adjetivos calificativos positivos: independiente, fuerte, atractiva, inteligente, segura

¿Quién no quiere que la califiquen así?

Además, nunca se habla de en qué consiste la práctica sexual. No se habla de los “servicios” que la mujer prostituida tiene que hacer en su “trabajo”. 

No se habla de los testimonios de numerosas mujeres víctimas del sistema prostitucional que han sufrido en su propio ser las devastadoras consecuencias de la prostitución.

Solo se habla del dinero que puedes ganar de forma fácil, de lo liberadora y emancipadora que es la prostitución para las mujeres, de las personas que puedes conocer y de las experiencias que puedes vivir.

Te lo venden como la mejor experiencia de tu vida.

Pero no solo se crea un neolenguaje alrededor del sistema prostitucional para legitimarlo, sino que se crea un discurso falaz para deslegitimar a quienes tratamos de rebatirlo.

Se considera que las feministas radicales estamos en contra de las mujeres prostituidas, que las estigmatizamos y violentamos. Que no las apoyamos, que las consideramos ciudadanas de segunda clase y víctimas de una sociedad patriarcal.

Para ello contraponen el “trabajo sexual” y el feminismo radical como excluyentes. La mujer prostituida es el ser más empoderado de la sociedad por querer vender su cuerpo con total libertad y autodeterminación. Es la buena feminista.

En cambio las feministas somos como las mujeres puritanas más rancias.

Pero esto no es cierto. El discurso del “trabajo sexual” emancipatorio de las mujeres es solo una falacia para hacernos caer “por voluntad propia” en el sistema proxeneta y prostitucional y utilizar nuestros cuerpos para el enriquecimiento y beneficio masculinos.

Las feministas radicales somos abolicionistas del género, de la pornografía, de los vientres de alquiler y de la prostitución.

Nunca abandonaríamos a una mujer por haber sido prostituida. El feminismo siempre estará a su lado.

Creemos firmemente en la dotación de ayudas y recursos (sociales, económicos, psicológicos y jurídicos) a las víctimas de este sistema atroz como derechos humanos.

Y también en la prevención, ya que muchas mujeres son arrastradas a este sistema por no tener alternativas y ser abandonas por la sociedad y sus gobernantes.

El sistema prositucional y proxeneta se puede y se debe abolir, ha sido, es y será uno de los ejes principales del movimiento feminista.

Lo demás, no es feminismo.

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