¿Están los cuerpos y fuerzas de seguridad preparados para abordar la violencia de género?

 In Derechos, Educación, Violencia de género

Escribo este post después de una gran reflexión y de haber dejado pasar un periodo prudente de tiempo para poder asimilar la información recibida y encajarla, dejando a un lado la rabia y la indignación que siguieron a mi experiencia. Unos días después me invade la pregunta, ¿Están los cuerpos y fuerzas de seguridad preparados para abordar la violencia de género?

No quiero responder esta pregunta de una forma dogmática, unilateral ni generalizadora, pero sí desde mi experiencia directa como observadora de un día de trabajo de un equipo específico de violencia de género en un cuerpo policial.

Tuve la oportunidad de ver, de primera mano y en directo, cómo trabajaba un equipo policial supuestamente especializado en violencia de género, el interés y las ganas de aprender me invadían, sin embargo, al cabo de pocos minutos de estar allí, la frustración, el desasosiego, la incredulidad, la rabia y un sinfín de adjetivos más empezaron a inundarme.

En primer lugar, la victimización secundaria para la víctima es brutal y demoledora. No solo porque tiene que contar en más de una ocasión las circunstancias y los hechos que se han producido, sino que se encuentra ante las miradas de juicio y duda de los profesionales (digo LOS porque eran dos hombres).

En un momento así, después de sufrir una agresión, sea de la gravedad que sea, lo mínimo que la víctima debe recibir de las personas que trabajan en ello, es la capacidad de escucha activa.

Se inunda a la víctima a preguntas concretas y cerradas, a las cuales si contesta con más de cuatro palabras se la corta y se le dice que eso no es de interés y que se ciña a lo que se le pregunta.

Aquí ya puede comprobarse como en los cuerpos policiales no se tiene la conciencia de que hay que arropar a la víctima y hacerla sentir segura y cómoda en un ambiente que para nada es acogedor, pero que a pesar de ello, la actitud de las personas que la rodean podrían mejorar un poco la situación.

Además, la intimidad es prácticamente inexistente en el lugar, las personas entran y salen, preguntan, se ríen de temas banales, contestan al teléfono, interrumpen…

En segundo lugar, los comentarios no se hicieron esperar para nada. Pregunto acerca de diferentes caso que llevan los agentes presentes y me comentan algunos de los que más recuerdan. El primero de ellos es el de una mujer que denunció a su pareja por malos tratos, a raíz de lo que se le otorgó una Orden de Protección de 4 años y él entró en prisión. Nada más salir de prisión y todavía vigente la OP, ella vuelve con él a escondidas y vuelven a vivir juntos. La tranquilidad dura pocas semanas y él le da nuevamente una brutal paliza.

A todo esto el comentario del agente es literalmente: “Es que ella es tonta, a buenas horas a mí me hacen una cosa así y vuelvo con él”.

Mi incredulidad era máxima, no supe cómo reaccionar, pero no solo ante el comentario, sino ante la presencia de dos víctimas que estaban allí presentes en una entrevista de seguimiento.

Pero para error mío, esto no termina así. Después de tratar de responder, con la máxima educación que pude, que ninguna víctima es culpable de una cosa así, sin dejarme terminar me cuenta otro caso.

Esta segunda víctima ha sufrido violencia de género por parte de cinco parejas diferentes, a las que ha denunciado y se les ha impuesto OP. Ante esta situación el agente sin cortarse un pelo afirma: “Es que esto ya da que pensar que puede que el problema no es de ellos, si no es de ella que siempre se los coge iguales”. Y no estando suficientemente satisfecho con eso, recordamos que aún están las dos víctimas anteriores presentes, las interpele diciéndoles: “¿A qué sí?”.

Las mujeres ante esta interpelación, ¿qué le contestan? Obviamente, “que sí”.

Vuelvo a insistir en la no culpabilización de la víctima, pensando en las mujeres que estaban allí presentes. En la posibilidad de que les ocurriera algo similar a lo que desgraciadamente ya habían vivido, con su anterior pareja o con una nueva, y que ante ese comentario de su agente de seguimiento, puede que en el futuro prefieran callar antes  de denunciar ante una persona que en lugar de protegerla pase lo que pase, la cuestiona y juzga.

Obviamente mis palabras no son escuchadas.

Las mujeres se marchan y me quedo sola con los dos agentes, me dispongo a irme, porque no quería permanecer un minuto más en ese lugar, y mucho menos con esas personas después de sus comentarios y actitudes.

Pero en ese momento, me preguntan mi opinión sobre las (mujeres) profesionales que nos dedicamos a la igualdad y la violencia de género. Porque, según su experiencia, “las profesionales que nos dedicamos a esto decimos muchas barbaridades”.

Le pido que por favor, me ponga un ejemplo concreto, ya que desde mi perspectiva esto no es así. Ante lo que me dicen que escucharon a una mujer afirmar que la custodia compartida era violencia de género. Entonces, yo le pregunto en qué contexto se había afirmado eso, porque claramente si era en un contexto en los que había malos tratos obviamente no podía haber de ningún modo custodia compartida.

Su cara de sorpresa fue exagerada, a lo que seguidamente afirmó que si acaso un maltratador no podía ser un buen padre. Obviamente y con rotundidad le contesté que un maltratador es una mala persona, una basura de persona y como no es una buena persona no puede ser para nada un buen padre en absoluto. Parecía dudarlo, pero no se quedó ahí, y consideró que si un maltratador no podía ser un buen padre, una mujer que golpea a su agresor para defenderse del mismo, tampoco podría ser una buena madre.

Esto lo remata afirmando un supuesto “veto” a los hombres que existe en este ámbito. Que somos las mujeres mismas quienes no dejamos a los hombres que se interesen por estos temas. Que no hay hombres atendiendo a mujeres en los centros 24 horas o dando charlas…

La situación era cada vez más kafkiana, cuando lo remata diciendo que en su ámbito la gente, especialmente los hombres están muy concienciados en relación con la violencia de género. Diciendo que las relaciones no son perfectas y que se puede discutir (obviamente…), y que sus amigos están tan tan tan tan tan tan tan concienciados que, literalmente, “saben hasta donde pueden llegar en una discusión para que no les denuncien y no pasen la noche en el calabozo”.

Aquí ya no pude contenerme más y le dije que para nada sus amigos estaban concienciados, que no les importaban nada las mujeres, la igualdad, la violencia de género ni nada, sino que lo único que les preocupaba era que podían pasar la noche en el calabozo, que ahora se lo planteaban. Pero, ¿y si no hubiese esa posibilidad de pasar la noche en el calabozo o las denuncias? Seguramente les daría todo igual.

Finalmente después de mi pequeña explosión me fui. Me tuve que ir, salir corriendo. No sabía qué decir, qué hacer. Solo sabía que la rabia se apoderaba de mí. Es por ello que he dejado pasar unos días para poder escribir esto.

Ha sido una de las experiencias más frustrantes de mi vida. Entiendo que puede que no haya espacios adecuados, dotación económica, recursos… Todo eso puede ser discutido y tenido en cuenta, pero la formación, la sensibilización y sobre todo la empatía y ausencia de juicio son lo más importante y fundamental para desarrollar nuestro trabajo con estas mujeres.

No podemos olvidar el problema que tenemos delante, y gente como esta, no están para nada capacitados para ejercer una labor tan importante.

Hace falta mucha, muchísima formación en los cuerpos de seguridad, pero también profesionales especializadas en el ámbito, como psicólogas, trabajadoras sociales, abogadas.

Es cierto que no hay muchos hombres, puede que no les guste, no les interese, que piensen que no va con ellos, no lo sé, aunque me gustaría saberlo.

Pero, ¿realmente el problema es ese? Pobrecitos los hombres que no les dejamos entrar, que les invisibilizamos, que no les dejamos ser los protagonistas, que les denunciamos, que pasan la noche en el calabozo, que los maltratadores no pueden tener custodia compartida

Lo sentimos mucho, pero a nosotras NOS ESTÁN MATANDO, y encima quienes nos tienen que proteger nos juzgan y nos critican, victimizándonos nuevamente.

Por tanto, ¿Están los cuerpos y fuerzas de seguridad preparados para abordar la violencia de género?

Obviamente, muchos no.

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