Microfísica sexista del poder

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En este escrito vengo a hablar del libro que da título a este post: microfísica sexista del poder, un libro que a pesar de ser duro por la realidad que retrata, es necesario para entender las bases sobre las que se asienta la sociedad sexista y patriarcal.

Este libro escrito por Nerea Barjola Ramos (militante feminista, doctora en Feminismos y Género), nos ayuda a analizar los mecanismos que perpetúan la violencia en las mujeres. Para ello la autora examina el papel que tuvieron los medios en el caso Alcàsser, donde tres jóvenes fueron brutalmente asesinadas.

Cómo Valenciana y mujer, es imposible no conocer este crimen. Como relata la escritora en su libro: “El 13 de noviembre de 1992, Antonia Gómez, Desireé Hernández y Míriam García desaparecen en las inmediaciones del municipio de Alcàsser, lugar en el que residían. Las tres adolescentes iban a asistir a una fiesta en Picassent.

Según los datos oficiales, las jóvenes hicieron autoestop y subieron a un coche ocupado por al menos dos hombres. Tres meses después, el 27 de enero de 1993, se encontraron sus cuerpos. El hallazgo de los cuerpos reveló evidencias de que habían sufrido tortura sexual.

De los implicados en el caso, únicamente se condenó a Miguel Ricart (ya en libertad), mientras que Antonio Anglés continua en «paradero desconocido”.

Me parece de vital importancia, como también señala la autora, destacar el concepto de desaparición forzada o involuntaria, puesto que la palabra desaparición invisibiliza los crímenes que se cometen contra las mujeres.

La autora alude al concepto de desaparición forzada o involuntaria para designar las “desapariciones forzadas cometidas en regímenes autoritarios”, un término que define perfectamente los secuestros, asesinatos y torturas que regularmente sufren las mujeres.

Además, la ONU redactó en 1993 la Declaración sobre la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, se entiende como tal que: “se arreste, detenga o traslade contra su voluntad a las personas, o que estas resulten privadas de su libertad de alguna otra forma por agentes gubernamentales de cualquier sector o nivel, por grupos organizados o por particulares que actúan en nombre del gobierno o con su apoyo directo o indirecto”.

El caso Alcàsser nos demuestra cómo estas jóvenes fueron culpabilizadas por su brutal asesinato, cosa que se utilizó para aterrorizar y castigar a aquellas mujeres que se atrevían a salir del ámbito doméstico.

Se trata de un discurso que retorna a la caza de brujas, los relatos sobre el peligro sexual aleccionan, vigilan y castigan la actitud de las mujeres. En toda generación hay una caza de brujas propia, “una inquisición social que produce y reproduce violencia y tortura sexual sobre el cuerpo y la vida de las mujeres”.

En este caso, fueron los medios, mediante su complicidad con el sexismo institucional uno de los responsables de esta perpetuación, unos medios que no se posicionan en el papel de espectador pasivo, sino que son participantes de un propósito político que equivale a la caza de brujas.

Las representaciones del peligro sexual son fórmulas que llevan desde incontables años ejerciendo castigos sobre los cuerpos de las mujeres, mediante el cual las mujeres cambian, amoldan, corrigen ya sea sus comportamientos, conductas, horarios, su cuerpo, negándole espacios.

Es por este motivo que las amenazas, la violación y el asesinato serian el precio a pagar por estar en un terreno en el que solamente se movían los hombres. A los hombres se les señala su rol protector, reforzando el poder masculino sobre el cuerpo de las mujeres.

Por una parte, tenemos un sistema judicial que muestra un juzgado misógino y sexista, un sistema que ponen en duda el testimonio o credibilidad de la mujer agredida.

Además, cabe señalar que siempre se culpabiliza a la mujer, relacionando la agresión con su vida privada, ya sea su sexualidad, su forma de vestir, etc. Mientras que para los hombres el tipo de vida que llevaban podía ser una herramienta para demostrar la falsedad de la denuncia (padre de familia parecía ser incompatible con ser un violador).

Como bien señala la autora: “este es el verdadero sistema de castigos y recompensas que el orden social establece: «encumbra al ejecutor y castiga a las víctimas con la exposición pública de sus cuerpos”.

Por otra parte, en este  libro se analizan las creencias en torno a la violación, puesto que en la sociedad moderna la civilización es incompatible con la violación, por esto motivo se ve a los violadores como salvajes, analfabetos o bestias de los bosques .

Mediante la patologización de los asesinatos, se culpaba del crimen a la “anormalidad” y crueldad de los asesinos, en lugar de reconocer la problemática social, económicas y políticas de la violencia.

Los crímenes que se realizan contra las mujeres no son una cuestión de mala suerte, no se trata de sucesos que “a veces pasan”, se trata de un régimen político, que castigan las transgresiones.

Nuestros cuerpos son juzgados desde la infancia, sabiendo que estos no van a ser respetados, que cualquier hombre tiene el derecho de opinar sobre él, de abusar verbalmente de nosotras mientas andamos por la calle, que cualquier cosa nos puede suceder si estamos solas por la calle (sobre todo de noche), sabiendo que en el caso de ser agredidas, las juzgadas política y socialmente vamos a ser nosotras.

Este argumento que sitúa a las mujeres en el papel de responsables delante de las agresiones sexuales, no muestra la dificultad de establecer el límite del consentimiento y del no consentimiento de la mujer víctima de la agresión.

Para finalizar, quiero resaltar las palabras que utiliza Silvia Federici en el prólogo de este libro: “ La fuerza de ese eco no se agota, ya que no vamos a dejar de salir a la calle para denunciar, no solo a hombres de forma individual, sino a un sistema capitalista patriarcal que produce violencia cotidianamente, tanto contra nosotras como contra todo lo que desee explotar”.

Es necesario alzar la voz y denunciar todos los casos de violencia, puesto que como señala Nerea Barjola en su libro “lo no compartido, lo no narrado es motor indiscutible de la disciplina de terror sexual”.

 

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