Ni santas ni putas, solo mujeres

 In Educación, Mujeres en la Historia

Ni santas ni putas, solo mujeres

Este post lo quiero realizar en base a las conclusiones que he extraído del libro de Lucía Etxebarría “Mujeres Extraordinarias: Una Historia de Mentiras” y de su capítulo titulado: Ni Santas Ni Putas, Solo Mujeres.

Esta dicotomía que sigue envolviendo a las mujeres actuales de santa-puta ha existido desde hace muchísimos años, aunque puede que la conciencia de su existencia sea bastante más reciente.

En 1910, Sigmund Freud desdobló la figura femenina en dos antónimos: la madonna y la prostituta. La primera una mujer totalmente buena, noble, pura y casta, y la segunda completamente mala, sexuada y puta.

Este cliché ha estado reforzado y explotado a través de múltiples canales y especialmente a través de los medios de comunicación en la actualidad, insertándose de forma inconsciente en el imaginario de toda la sociedad, sobre todo en el imaginario masculino.

La religión, el arte, la literatura, la música, el cine y las series siguen amparando esta dicotomía.

La mayoría de los hombres entiende que las mujeres pertenecen a dos lados contrarios, opuestos y excluyentes de lo que es ser mujer.

Por una parte está la “buena mujer”, la mujer con la que merece la pena tener una relación estable, formar una familia y presentarles a tu padre y a tu madre. Una mujer que no destaca demasiado, que no ha vivido mucho, sobre todo, no más que el hombre, que no es más inteligente que él y que es complaciente, amable, servicial y pura.

Por otra parte encontramos a la “mala mujer”, la mujer con la que hacer las cosas que no te atreves a pedirle a la mujer que te espera en casa. Esta mujer tiene pasado, ha vivido diferentes experiencias, es atrevida, exuberante, pero con la que no formarías nunca una familia.

Debido a esta concepción dicotómica que sigue imperante en el ideario social, las mujeres nos movemos haciendo malabarismo y equilibrismo entre estas dos figuras. Tienes que mantenerte equidistante entre ambas, porque si eres demasiado buena, serás invisible, pero si eres demasiado mala, solo serás una puta.

Ya en la Biblia encontramos a estas dos figuras opuestas, la virgen y la puta, la Virgen María y María Magdalena o Eva.

La Virgen María es la perfecta esposa y madre, es la perfecta casada, pura y la mujer no sexualizada, que incluso ha sido capaz de tener un hijo sin necesidad de ser “impura”. Aunque ya sabemos que eso es imposible, pero se tiene que crear y mantener el mito en el imaginario social.

En cambio la mala mujer, representada tanto como María Magdalena como Eva, es la pecadora, el origen de todos los males, la que lleva a la humanidad a la perdición y la desgracia. Es un ser sexuado y sujeto de placer, más que objeto sometido al sistema patriarcal. Pero estas (al igual que otras muchas en la historia y mitología), solo han sido mujeres que no se han sometido.

Durante siglos estas dos figuras opuestas continúan presentes, especialmente durante la Edad Media, a través del arte y la religión. Sin embargo, con la caída del Antiguo Régimen y el auge de la burguesía, las mujeres de esta clase social tienen la oportunidad de acceder a lo que durante siglos se les había vetado: la educación y la cultura.

Sin embargo, al mismo tiempo que las mujeres tienen acceso a la educación y la cultura, estas sirven para mantener una antigua dicotomía, pero renovada, esta vez mediante la figura del “ángel del hogar”.

La mujer, para encajar en este estereotipo debe ser asexuada, sumisa, abnegada, dulce, pasiva y solo definida en relación al hombre.

Este estereotipo es completamente necesario que perdure, porque la mujer no puede salir al mundo exterior, al espacio público, porque todo el trabajo no remunerado que se venera en la mujer es necesario para que el sistema perviva, y este se ha extendido hasta la actualidad.

Por tanto, esta dicotomía existe desde hace siglos y continúa en la actualidad para someter a las mujeres a unos estereotipos y cánones imposibles de seguir.

Pero actualmente no se quiere que las mujeres correspondan a uno de estos roles únicamente. Las mujeres tenemos que ser el “ángel del hogar” y la madre abnegada por sus hijos e hijas, pero a la vez sexis, trabajadoras, pero sin mucho éxito, independientes, pero no demasiado.

De día la virgen y de noche la puta.

Todos estos roles y estereotipos son imposibles de cumplir, contradictorios y nos abocan a la frustración por no poder ser la “mujer ideal” a los ojos de los hombres y de una sociedad brutalmente patriarcal.

Esta es una manera de someter a las mujeres, no dejar que se concentren y se esfuercen en otros propósitos, porque tratando de alcanzar estos ideales somos manejables.

Pero las mujeres no podemos, ni queremos pertenecer a ninguna de estas dos categorías.

Las mujeres no somos estereotipos ni clichés, somos seres individuales y únicos.

Ni santas ni putas, solo mujeres.

Las mujeres tenemos que ser aquello que queramos ser, aunque es difícil, muy difícil escapar de los cánones y estereotipos imperantes, porque ello supone el rechazo de la sociedad, y esto no es agradable.

Pero lo que está claro y reitero una vez más es que ni santas ni putas, solo mujeres.

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