¿Tanto hemos avanzado en la lucha feminista?

 In Teoría Feminista

Llevo tiempo preguntándome lo siguiente: ¿tanto hemos avanzado en la lucha feminista?

Obviamente, si pensamos de dónde veníamos hace unos cientos de años, no es posible negar que hemos avanzado mucho gracias a la lucha feminista.

Hemos conseguido avanzar en todos los niveles y en cuestiones que para nuestras antepasadas serían impensables.

Ha costado muchas décadas, esfuerzo y lucha llegar hasta dónde estamos hoy.

Sin embargo, muchas, muchísimas veces oímos que el feminismo y las mujeres hemos llegado demasiado lejos.

Que nos hemos pasado la raya de la igualdad y se han invertido las tornas en beneficio de las mujeres y en detrimento de los hombres.

Que ahora se oprime a los hombres y que las mujeres somos una privilegiadas.

Que ni machismo ni feminismo, igualdad.

Y yo con todas estas verbalizaciones, insisto, ¿tanto hemos avanzado en la lucha feminista?

¿Nuestra lucha ha dado tantos frutos que no solo hemos conseguido la equidad con los varones, sino darle la vuelta a la balanza de nuestra opresión?

¿Nuestra lucha ha sido tan efectiva que hemos conseguido invertir milenios de patriarcado?

No se puede negar que el movimiento feminista ha logrado unos avances importantísimos para las mujeres y para la sociedad en su conjunto.

Gracias a este podemos estudiar, trabajar, ser independientes, votar, tener control reproductivo sobre nuestros cuerpos, que se condene la violencia de todo tipo sobre nosotras…

Pero, realmente, ¿están estos logros totalmente alcanzados? ¿Todo lo que hemos conseguido está consolidado?

¿Vivimos en una sociedad donde el patriarcado, la misoginia y la desigualdad ya no existen?

Pues no.

Obviamente, este análisis lo planteo desde la sociedad occidental a la que pertenezco y en la que los avances del movimiento feminista han sido más significativos, sin una pretensión de homogeneizar la situación que viven las mujeres en diferentes partes del mundo.

En primer lugar, seguimos en el plano de la igualdad formal, es decir en la igualdad que se plasma a través de la legislación y la normativa que impide la discriminación hacia una persona, entre otros, por motivo de su sexo.

El concepto de igualdad entre sexos ya aparece en la Constitución Española en su artículo 14 y a partir de ahí, se ha desarrollado en leyes nacionales y autonómicas.

Sin embargo, a pesar de algunas de las leyes más importantes en materia de igualdad y no discriminación se aprobaron hace más de 20 años en España, siguen sin trasladarse plenamente a la realidad.

Se ha avanzado en muchos aspectos, pero la discriminación hacia las mujeres sigue existiendo y no se ha superado a pesar de las leyes aprobadas.

La igualdad formal no se ha transformado en igualdad real y efectiva porque las leyes por su mera existencia no consiguen un cambio social.

Y no solo eso, sino que la percepción de la ciudadanía está virando hacia la creencia de que la igualdad perjudica a los hombres.

Que la igualdad no es tal, sino que la pérdida de privilegios de los hombres, supone un ataque hacia ellos, porque claro, no entienden los privilegios como tales, sino como derechos.

Por ejemplo, Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género lleva más de 20 años en vigor y este año han sido asesinadas 36 mujeres por sus parejas o ex parejas, sin contar aquellas que no mantenían una relación.

Claramente la ley no es suficiente. Nos hemos quedado en la igualdad formal, no real y además, en una de las formas más brutales de desigualdad y opresión hacia las mujeres.

En segundo lugar, vivimos en una sociedad de sexismo sutil donde el sexismo hostil, agresivo y claramente manifiesto se da en un grado mucho menor, en una sociedad de violencia simbólica como decía el sociólogo francés Pierre Bourdieu.

Este tipo de violencia se ejerce mediante mensajes, valores, signos, costumbres e imágenes, y al pertenecer a la tradición y al no ejercerse de forma manifiesta y violenta, se normaliza.

Este tipo sexismo se manifiesta de forma velada, con actitudes y comportamientos más suaves, más benevolentes, micromachismos, mansplaining, sobrecarga en cuidados, atribución de características esencialistas por sexo…

No supone una erradicación del sexismo si cambiamos uno violento por otro sutil. Sigue siendo sexismo.

Otra cuestión importante a analizar es la maternidad porque cómo las madres son madres y ejercen la maternidad ha cambiado mucho a lo largo de las últimas décadas.

Hemos pasado de una maternidad extensiva a una maternidad intensiva.

Es decir, de una maternidad en la que se tenían varios hijos e hijas y la mujer se quedaba en el domicilio para cuidar de su descendencia mientras el hombre era el proveedor, a una maternidad en la que se tienen pocos hijos e hijas o solamente una/o pero se tiende a la perfección en la tarea.

La maternidad se ha profesionalizado. La madre tiene que saber de todo y llegar a todo. Tiene que ser educadora, psicóloga, médica, nutricionista, taxista…

Pero al mismo tiempo, tiene que tener una carrera profesional, no puede renunciar.

Si no eres una madre y una trabajadora ejemplar, aparece la culpa.

Culpa que no aparece en los hombres en las mismas circunstancias porque ellos no tienen que conjugar su vida familiar y laboral del mismo modo. No tienen que renunciar.

Es cierto que cada vez hay más hombres que se encargan de los cuidados, pero las mujeres siguen llevando el peso de la carga mental y la culpa.

Esta situación se ve agravada porque los estados están totalmente ausentes de la crianza y los cuidados y lo único que permiten son permisos de ausencia (reducción de jornada, excedencias…) que son en su inmensa mayoría solicitados por las madres.

Muchas no tienen otro remedio y se ven abocadas a ello, otras lo justifican por diferentes motivos, como por la satisfacción que les proporciona la crianza, el vínculo maternofilial, la decisión consciente de no vivir el estrés de un puesto de responsabilidad…

Los motivos y autojustificaciones pueden ser varios, pero el resultado es el mismo: las madres asumen la crianza. Las mujeres no gobernamos.

Además, cuando las madres no solicitan dichos permisos para atender a su carrera, por su situación económica o por cualquier otra situación, el cuidado de los hijos e hijas no recae en los padres, recae en otras mujeres: las abuelas.

El siglo XXI está marcado por la esclavitud de las abuelas para cuidar de sus nietos y nietas. No se trata ya de un apoyo puntual o de disfrutar de su compañía. Se trata de la obligación de asumir dicha crianza para suplir a las madres.

Y como no, si no lo asumen aparece el sentimiento de culpabilidad de toda mujer que no ejerce el papel que se espera de ella.

¿Cómo va una abuela a no querer encargarse de sus nietas/os?

Nuevamente las mujeres seguimos sin poder escapar de esa atribución de los cuidados, ya sea por asumirlos nosotras o porque otras los asumen por nosotras.

Y si las mujeres no quieren tener hijas/os, se las culpa del descenso de la natalidad y de ser unas egoístas.

En ningún momento se tienen en cuenta las circunstancias socioeconómicas que nos rodean, la inestabilidad, la falta de apoyos institucionales, de recursos y sobre todo, en el caso de parejas heterosexuales, de un varón que vaya a asumir la mitad de todo.  De toda la responsabilidad.

Y a esta maternidad profesionalizada e intensiva que exige el patriarcado, se une el capitalismo y neoliberalismo que exigen el trabajo productivo, y cuánto más mejor, además de la imposición de un ideal de belleza imposible abocado al eterno consumo de productos, tratamientos e intervenciones quirúrgicas.

Es decir, tienes que ser madre, la natalidad tiene que subir, cuidar de tu hija o hijo siendo una madre ejemplar, pero no te olvides de producir, el capitalismo lo necesita, pero también tienes que consumir. Tienes que lucir perfecta, delgada, bella y joven.

Otro aspecto a tener en cuenta es el laboral.

Hace mucho tiempo que se habla de dos términos fundamentales en la teoría feminista: suelo pegajoso y techo de cristal.

El primer concepto hace referencia a la dificultad o imposibilidad de las mujeres de dejar puestos precarios y con mala remuneración, especialmente debido a las tareas de cuidados.

El segundo, a la barrera invisible que impide a las mujeres llegar a los puestos de liderazgo más altos.

Esta situación no ha desaparecido. Se sigue dando, seguimos sin encontrar equidad en puestos directivos y de responsabilidad. Las mujeres siguen renunciando a sus carreras por asumir tareas de cuidados.

Se sigue tratando de un ambiente hostil para las mujeres y cuesta mucho que los hombres nos vean como a iguales.

Un hombre mediocre puede llegar mucho más alto que una mujer brillante.

Pero además, hay una vuelta de tuerca más que se viene dando desde hace menos tiempo.

Existe una tendencia cada vez mayor a incitar a las jóvenes, sobre todo a las jóvenes de contextos más vulnerables, a no optar por estudios superiores y recurrir a plataformas de explotación sexual en línea como una opción rentable y deseable de futuro.

Una opción rentable y deseable para ellas.

Otro suelo pegajoso del siglo XXI.

Todo esto viene derivado de una socialización sexista.

Parecía que la coeducación cogía fuerza, que se empezaba a educar en igualdad… pero irrumpieron con muchísima fuerza las redes sociales como el mayor agente de socialización para la infancia y especialmente para la adolescencia.

El colegio, la familia, incluso las amistades, han quedado en un segundo plano. Las redes sociales socializan en la misoginia y el machismo. No hay filtros.

Los adolescentes cada vez tienen un pensamiento menos crítico y más dicotómico y polarizado.

Otro aspecto a abordar son las relaciones sexoafectivas.

Vivimos en una sociedad cada vez más individualista, donde la gente no quiere asumir ningún compromiso que implique largo plazo y esfuerzo.

A esto se le añade que cada vez más mujeres son conscientes de lo que quieren y de lo que no están dispuestas a tolerar.

Muchas mujeres deciden conscientemente estar solteras y ser madres solas o no serlo y no asumir una relación de desigualdad con un varón. Renuncian a las relaciones porque los hombres no han avanzado nuestro ritmo, sino que en muchos casos, han retrocedido.

Esto ha provocado una reacción por parte de un sector importante de los hombres.

¿Ser conscientes de sus privilegios y hacer un trabajo personal para poder ser menos machistas?

Por supuesto que no.

Cada vez más hombres buscan mujeres sumisas y hogareñas, acudiendo a otros países en los que el feminismo se ha desarrollado en menor medida, evitando a toda costa a las feministas.

Proliferan los vídeos de redes sociales sobre cómo “conseguir” una novia extranjera que reúna dichos requisitos y qué países y nacionalidades son los mejores.

Los varones no quieren una compañera, una igual. Quieren a una mujer sumisa y dependiente.

Por último, aunque podrían nombrarse otros aspectos, debe destacarse que en Estados Unidos ha surgido un movimiento de mujeres que abogan por volver al rol tradicional de esposa y madre sumisa (tradwives).

Al principio podría parecer algo inocuo, incluso tonto y estúpido. Sin embargo, estamos ante un movimiento creciente de mujeres que incluso quieren renunciar a su voto para otorgárselo a su marido. Un hogar, un voto, el del marido.

No puede desdeñarse el alcance que esto puede tener en un país como Estados Unidos donde el conservadurismo, el machismo y la religión están cada vez más presentes.

Con todo esto, vuelvo a la pregunta inicial ¿tanto hemos avanzado en la lucha feminista?

Hemos avanzado mucho, pero no tanto porque el patriarcado siempre encuentra formas de boicotear o ralentizar nuestros avances, incluso nuevas formas de opresión.

Ya lo decía Simone de Beauvoi “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados».

Estamos en ese punto.

Es por ello por lo que no debemos abandonar nunca la lucha feminista.

Bibliografía:

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