Mujeres y cuidados: de dónde venimos y hacia dónde vamos
Mujeres y cuidados: de dónde venimos y hacia dónde vamos
Las mujeres y los cuidados hemos estado relacionados durante cientos de años, o eso nos han dicho, hasta el punto de que esta unión entre mujeres y cuidados parece indivisible.
Por eso, es importante hacer un breve recorrido histórico, dentro del marco de nuestra sociedad occidental, intentando enmarcar la situación de las mujeres en el ámbito de los cuidados y por qué somos nosotras quienes nos hemos encargado históricamente de este campo tan despreciado e invisibilizado, pero esencial para la vida, hasta la actualidad.
Es importante tener claros dos conceptos:
¿Qué son los cuidados?
¿Qué es la división sexual del trabajo?
El primer concepto, los cuidados, podría decirse que se trata de una actividad especialmente característica de la especie humana que incluye aquellas actividades esenciales para el sostenimiento de la vida individual, comunitaria y familiar. Pero no solo la vida, sino también el bienestar de esa vida, tanto la propia como la de los demás.
Es fundamental destacar que las tareas de cuidados son esenciales para la vida, es decir, sin ellas no podríamos sobrevivir. Aunque nos han hecho creer que son totalmente secundarias e inferiores.
El segundo concepto, la división sexual del trabajo, podría definirse como la diferenciación de tareas que se atribuyen a hombres y mujeres, influida únicamente por su sexo y por las características esenciales que se otorgan a cada uno de ellos.
Tareas de mujeres y tareas de hombres. Dentro de las tareas asignadas a las mujeres encontraremos, obviamente, los cuidados.
Y dentro de esta división sexual de tareas se da al mismo tiempo la división sexual de las esferas de la vida, es decir, la vida pública se destina a los hombres y la vida privada y doméstica a las mujeres. Esferas donde se desarrollan cada una de las tareas previamente asignadas.
Pero ¿por qué se da esta situación?
¿Por qué las mujeres hemos sido históricamente quienes nos hemos encargado y nos encargamos de los cuidados?
¿Siempre ha sido así, como se nos ha dicho y hecho creer?
Es importante destacar también que solo hay un aspecto que diferencia a los hombres y a las mujeres: la biología. Las mujeres tenemos en exclusiva la capacidad reproductiva: gestar y parir. Pero esta realidad no implica asumir inevitablemente los cuidados de todas aquellas personas de la sociedad que lo necesitan.
Que las mujeres seamos las cuidadoras no es producto de una situación biológica ni natural.
Por tanto, ¿cómo, desde cuándo y por qué ha sucedido?
No es fácil marcar un inicio de esta situación en la que las mujeres nos encargamos mayoritariamente de los cuidados. No comienza en un lugar y un momento histórico concreto. Tampoco será un fenómeno universal. Más bien se trata de un camino largo y discontinuo.
Si empezamos en la prehistoria, existe la creencia generalizada de que las mujeres eran recolectoras y no cazadoras, para poder encargarse de la crianza, mientras que los hombres eran cazadores.
Sin embargo, esta creencia está siendo desmentida por cada vez más estudios, como el de Abigail Anderson, de la Universidad Seattle Pacific (EE. UU.).
Este estudio revela que las mujeres eran cazadoras en el 79 % de las sociedades analizadas, independientemente del tipo de animal cazado. Además, participaban en la enseñanza de prácticas de caza.
La creencia inicial, según la cual las mujeres eran recolectoras y los hombres cazadores, venía influenciada sobre todo por una mirada patriarcal en la que los hombres entendían como innato, natural e inmutable que las mujeres fueran quienes se encargaban de la crianza y de las tareas domésticas desde el inicio de la humanidad.
Es decir, proyectaban las creencias sesgadas por sexo de milenios posteriores y la mirada patriarcal, y obviaban cualquier indicio que indicara lo contrario.
Esa creencia comienza a desmontarse bien entrado el siglo XXI.
Por tanto, vemos que el inicio de esta división no puede situarse en este período.
Es cierto que las mujeres podían tener puntualmente restricciones en lo que respecta a la caza y a algunas tareas debido a la maternidad y la lactancia, pero no hay evidencias de que esto implicara una delimitación concreta de tareas atribuidas por sexos.
Sigamos avanzando en la historia, todavía durante la prehistoria, hasta llegar al cambio de las sociedades nómadas, itinerantes, al sedentarismo gracias a la agricultura y la ganadería.
Este hecho supone un cambio fundamental porque evita los cambios constantes de localización y permite crear excedentes de producción y, en consecuencia, acumulación de bienes y tierras.
Por tanto, si los bienes y la tierra son acumulables, también pueden heredarse. Y ahí aparece el problema de quién hereda.
Esa acumulación de bienes y tierras se llevará a cabo cada vez con mayor frecuencia por parte de los hombres, que asumirán cada vez un papel más importante en el uso de la fuerza y la guerra para proteger esas tierras y esos bienes acumulados.
Cada vez la fuerza será más valorada, en detrimento de la maternidad. Pasaremos de la valoración de una capacidad exclusiva de las mujeres a un atributo más presente o dominante en los hombres.
Pero que tenga menos valor no implicará que no sea imprescindible para el sostenimiento de la sociedad. Además, será fundamental para los hombres asegurar herederos biológicos.
Pero ¿cómo?
La maternidad es muy fácil de determinar: quien gesta y pare. La paternidad no, por eso comenzará a controlarse la sexualidad femenina, especialmente mediante el matrimonio.
Los hombres querrán saber y asegurar que ellos son el padre, y solo podrán saberlo restringiendo la sexualidad femenina.
Comenzamos a ver los primeros indicios claros de tratar de someter a las mujeres mediante el matrimonio para asegurar herederos biológicos para los hombres.
Los primeros indicios del matrimonio como un contrato entre, supuestamente, dos partes —hombre y mujer—, pero donde en realidad solo habrá una parte libre de firmar ese contrato: el hombre.
Esta situación ya la vemos en sociedades como la egipcia y la mesopotámica, y es mucho más evidente en Grecia y Roma, de donde proviene gran parte de nuestra cultura actual, incluida la legislación.
Por tanto, pasaremos de sociedades más comunales a sociedades organizadas por familias y linajes paternos.
Las mujeres pasarán a ser propiedad masculina mediante el matrimonio e inferiores legalmente.
El control de la capacidad reproductiva femenina será la base central de regulación del nuevo orden social, donde pasaremos de la mujer como esencia de la creación y de dar la vida al hombre como creador de la vida (Dios) y quien la quita (la guerra).
Dar vida acabará siendo relegado a un lugar secundario y la importancia recaerá en quien quita la vida.
Y con ello, las tareas realizadas por las mujeres cada vez tendrán menos valor, serán naturalizadas y no remuneradas, mientras que las tareas asociadas a los hombres serán las que tendrán valor.
Poco a poco, las mujeres irán siendo relegadas mediante mecanismos tanto simbólicos (culturales y religiosos) como legales y jurídicos.
Además, con el paso y el auge hacia la religión cristiana, se cambiará el culto a las diosas femeninas por el culto monoteísta a la deidad masculina como único ser que da y quita la vida, invisibilizando el papel fundamental de las mujeres.
A partir de la Edad Media se instaura el feudalismo como modelo de organización social en el que el campo es el eje central de la sociedad, no la ciudad.
Esto implica un paso atrás en lo que respecta a esa división sexual del trabajo. Está menos clara.
La producción y la reproducción no están totalmente separadas. Se trata de una sociedad donde la mayoría de las personas tienen una economía prácticamente de subsistencia, en la que el hogar es el centro productivo.
Las mujeres también participan en la agricultura, la ganadería, el tejido y la conservación de alimentos. Hay algunas tareas asignadas a hombres y mujeres, pero todas son necesarias para la subsistencia.
Pero es cierto que las tareas de cuidados recaen principalmente en las mujeres.
Además, encontramos un aumento de la presencia de la religión cristiana en la sociedad, que nos vende dos modelos de mujer: Eva y María. La primera, la pecadora y tentadora. La segunda, la madre abnegada, pura y sacrificada.
La situación de subordinación de la mujer ya no se justificará tanto con la ley, sino con la religión cristiana y con ese simbolismo de mujer que hay que seguir y el que hay que evitar.
La maternidad será venerada y mitificada al mismo tiempo que sometida al poder patriarcal.
Poco a poco irá consolidándose esa imagen indisoluble de mujer y maternidad, de mujer sometida a los designios de su biología y de su naturaleza, a su destino.
También se consolidarán la propiedad privada y el matrimonio como pacto económico entre familias donde las mujeres seremos el principal objeto de intercambio.
Y seremos la clave para asegurar la transmisión patrimonial entre familias mediante los herederos, pero también para poder sostener el sistema de mano de obra. Más hijos, más trabajadores; más hijas, más matrimonios. Más cristianismo, más mujeres abnegadas ejerciendo los cuidados y emulando a María, porque si no habrá consecuencias.
Las mujeres irán quedando relegadas a posiciones secundarias. Seguirán trabajando, tanto en el campo como en los diferentes gremios, pero su trabajo será considerado secundario y el del hombre el que garantiza el sostenimiento familiar.
Si las mujeres no tienen derechos, son relegadas, olvidadas e ignoradas, todo aquello que proviene de ellas también lo será, excepto la maternidad, que es necesaria para el sostenimiento de las sociedades y por eso la controla el patriarcado.
No podemos olvidar que durante los últimos siglos de la Edad Media, y realmente durante toda la historia, las mujeres ejercían trabajos muy importantes: curanderas y parteras.
Las mujeres han estado muy implicadas no solo en los cuidados domésticos y familiares, sino también en aquellos destinados a la comunidad. Unos antecedentes que se han materializado en las profesiones de matrona y enfermera en la actualidad.
Pero ese saber y esas profesiones son anulados y arrebatados por los hombres, quienes acabarán asumiendo la profesión médica remunerada y excluyendo a las mujeres, relegándolas a posiciones inferiores y no profesionalizadas y, sobre todo, peor remuneradas o ejercidas gratuitamente.
A pesar de que durante la historia se intuye la evolución de esta división sexual de la sociedad y del trabajo, sigue sin darse de una forma clara y continuada.
Esto cambiará y se manifestará plenamente con la transición al capitalismo.
Se produce una crisis de la forma de vida campesina y las tierras comunales, que eran de uso común, pasan a manos privadas. Esto provocó que muchas familias perdieran su forma de vida y sus medios de subsistencia y, en consecuencia, tuvieran que cambiar la vida en el campo por la búsqueda de un trabajo asalariado, generalmente en la ciudad.
Con ello se separan los medios de producción y reproducción. La casa y el campo ya no están juntos. El hombre sale fuera para proveer y de esta forma comienza a configurarse la idea que se consolidará especialmente a lo largo del siglo XIX: el hombre proveedor y la mujer cuidadora.
El ideal de mujer será el de aquella que se encargue en exclusiva de los cuidados y del hogar, pero en las clases bajas será difícil por las malas condiciones de vida.
Ese ideal lo encontraremos especialmente en las clases más altas. Unas clases altas donde las mujeres dedicarán tiempo a la beneficencia, como modelo, donde podrán aportar a la sociedad pero sin molestar al orden establecido y además de forma gratuita y sin valor social.
Un sector totalmente feminizado y que también se dirige a los cuidados y que acabará profesionalizándose en el actual trabajo social, un sector totalmente feminizado hoy en día.
Y aquí encontramos otro concepto fundamental: el salario familiar (https://hablemosdefeminismo.com/el-concepto-de-salario-familar/)
Este concepto parte de la idea de que los salarios, o más bien un único salario, debe ser suficiente para poder sostener a una familia.
Pero no los salarios de la población general, sino los de los hombres, mientras que el salario que ganan las mujeres se considerará un complemento a su tarea principal: los cuidados. Una tarea obviamente gratuita y que realiza por ser su destino natural.
Aparece el concepto de ángel del hogar y una ideología alrededor que eleva la figura de la buena madre, esposa y cuidadora para garantizar que las mujeres quieran asumir ese papel sin contraprestación. Se tratará de un deber moral, vocación femenina y una expresión natural de amor.
Iremos dejando como prioritaria la imagen que nos transmitía la religión, pero se instaurará una ideología simbólica alrededor de la buena mujer donde los gobiernos, las empresas y los medios de comunicación tendrán un papel fundamental.
Este concepto reforzará esa división sexual del trabajo entre hombres proveedores y mujeres cuidadoras.
Además, las mujeres accederán a trabajos específicos y diferenciados de los hombres, que serán remunerados en menor medida y esto también cimentará lo que hoy conocemos como brecha salarial.
Unos trabajos especialmente relacionados con los cuidados y la crianza (trabajo social, enfermería, maestra…) que provienen de toda esta división sexual del trabajo. Para garantizar que sigas encargándote de estas tareas, las remunero —aunque peor—, pero así hago que tú, mujer, las asumas.
O trabajos que puedan hacerse desde casa (modistas, aparadoras de calzado, bordadoras…).
Y no solo eso, sino que garantizará que el hombre sea el titular directo de los derechos y las mujeres solo tendrán derechos a través del matrimonio. Una forma más de garantizar el contrato sexual y que las mujeres tengan que acceder al matrimonio para poder salir de su propia familia, siendo muy difícil una vida autónoma sin derechos sociales y económicos.
Por tanto, con la eclosión del capitalismo y, sobre todo, con la industrialización, se refuerza la idea de que las mujeres deben encargarse de los cuidados y deben quedarse en el hogar porque interesa al patriarcado y a los hombres.
Que las mujeres se encarguen sin remuneración de estas tareas les permite a ellos mejorar su calidad de vida y liberarse para poder garantizar su desarrollo profesional.
Pero el capitalismo necesita más mano de obra y, si puede tener mano de obra barata, mejor. Por eso se permitirá el acceso de las mujeres al mercado laboral, aunque en desigualdad de condiciones.
Se trata de un pacto entre el capitalismo y el patriarcado. Las mujeres trabajan con peor remuneración pero, al mismo tiempo, siguen encargándose de las tareas de cuidados. Beneficia a todos.
¿Y cuál es la situación actual?
Pues que ese modelo ha llegado hasta el siglo XXI. Nuestra sociedad deriva de aquel. Mantenemos brecha salarial, techo de cristal y cuidados sostenidos por las mujeres (reducciones de jornada, excedencias, dobles jornadas…).
Pero la diferencia que tendremos en el siglo XX y que arrastraremos hasta el XXI será que las mujeres se incorporarán masivamente al mundo educativo y laboral, especialmente en trabajos relacionados con los cuidados (enfermería, trabajo social…) y que permiten compatibilizarlos (maestras y profesoras), pero no abandonarán las tareas de cuidados y nos encontraremos con una doble jornada: laboral y de cuidados.
Una doble jornada que es avalada por los supuestos estados del bienestar. Porque estos crearán servicios públicos para facilitar que las mujeres accedan al trabajo remunerado pero sin eliminar esa expectativa de que deben seguir cuidando.
Unos estados que se ahorran, gracias a la doble jornada laboral de las mujeres. Porque si hubiera que invertir para cubrir todo lo que las mujeres hacen sin ninguna remuneración, se trataría de muchísimos millones de euros y de un gran porcentaje del PIB.
Por tanto, actualmente nos encontramos en un estado que facilita la conciliación.
A pesar de las leyes y actuaciones que tratan de garantizar la igualdad en la inclusión de las mujeres en el mercado laboral, en desarrollo y salarios, no han sido suficientes.
La base de las desigualdades entre hombres y mujeres la encontramos en la brecha de cuidados y en las tareas domésticas que no tienen ninguna remuneración.
Se ha permitido la conciliación en cierta medida, pero las acciones realizadas siguen perpetuando los roles tradicionales para mujeres y hombres.
La conciliación pretende un equilibrio temporal garantizando el derecho a la ausencia, es decir, permisos para compatibilizar la vida laboral y familiar: reducción de jornada, excedencia… pero sin cambiar quién toma esos permisos.
Por tanto, si vivimos en una sociedad donde las mujeres han sido y son las principales cuidadoras y quienes se encargan de esas tareas, es de esperar que sigan haciéndolo si no cambiamos la raíz de dónde proviene que ellas lo hagan.
Las medidas pueden parecer neutras, pero no lo son.
Las mujeres encontrarán muchas más dificultades para garantizar su vida profesional y mantener una vida familiar y de cuidados, una dificultad que los hombres no tienen porque las mujeres garantizan su bienestar.
Pero esas dificultades no solo se darán a corto plazo, también aparecerán a largo plazo, como en las pensiones de jubilación, donde encontramos también otra gran brecha en los ingresos o incluso que muchas mujeres no tienen.
Nos encontramos en una crisis de cuidados. Las mujeres trabajan fuera de casa. Las familias son cada vez más pequeñas y las redes comunitarias se debilitan. Además, la población envejece.
Las mujeres somos cada vez más conscientes de la situación y no nos dejamos engañar por ese ideal de mujer abnegada. Cada vez somos más libres e independientes. Gracias al feminismo.
Por eso, son necesarias políticas públicas de corresponsabilidad, no de conciliación. Si no alteramos los roles tradicionales, todas las políticas que se realicen no harán otra cosa que mantener el statu quo.
¿Y qué es la corresponsabilidad?
La corresponsabilidad implica que los hombres asuman la responsabilidad compartida de las tareas de cuidados y domésticas.
Es necesario cambiar las connotaciones sexistas que tienen estas tareas de cuidados y que los hombres asuman esta responsabilidad sin que sea algo opcional.
Pero esa corresponsabilidad va más allá de los hombres y las mujeres que deben asumir cuidados, sino que también debe aplicarse a los empresarios y a los poderes públicos para poder garantizarla.
Necesitamos garantizar la corresponsabilidad, pero sobre todo necesitamos servicios públicos que puedan garantizar esos cuidados. El Estado no puede seguir depositando el peso del funcionamiento de la sociedad sobre los hombros de las mujeres. Tampoco el mercado capitalista.
Es importante reconocer ese trabajo social y económicamente, pero con mucho cuidado. Porque puede ser una trampa en la que quedemos atrapadas las mujeres realizando exclusivamente estas tareas, aunque estén reconocidas, si no cambian los roles sexuales y la sociedad en su conjunto.
Porque lo que no podemos permitir es que los hombres, las empresas y el Estado no se responsabilicen del sostenimiento de la sociedad.
Por tanto los cuidados tienen un papel esencial en nuestra sociedad y sin los cuales sería imposible el sostenimiento de la esta.
La división sexual de tareas, trabajos y espacios no es natural ni biológica, sino social y cultural, impuesta a lo largo de la historia. Se ha utilizado nuestra biología, nuestra capacidad reproductiva, para someternos.
Por lo que urge eliminar los roles sexistas y enfocarnos hacia la corresponsabilidad, donde la sociedad en su conjunto se haga cargo de los cuidados, liberando de una vez por todas a las mujeres de esta responsabilidad impuesta durante siglos.
Bibliografía:
- Gerda Lerner. La creación del patriarcado.
- Riane Eisler. El cáliz y la espada.