Cualquiera de nosotras podemos ser acusadas de bruja

 In Mujeres en la Historia, Teoría Feminista

Seguro que cuando nos dicen la palabra bruja, todas tenemos una imagen en la cabeza de cómo es una bruja. Aunque realmente, cualquiera de nosotras podemos ser acusadas de bruja, o incluso haberlo sido.

La acusación de bruja viene de muy lejos, pero a día de hoy sigue siendo un recurso utilizado por nuestra sociedad para insultar y rebajar a las mujeres.

El origen de las brujas y con ello de su persecución, vienen desde hace muchos siglos, aunque destaca especialmente a partir del siglo XIV.

Las mujeres siempre han sido sanadoras, curanderas y parteras y se pasaban sus conocimientos de unas a otras. Tenían un espacio en el que no había hombres.

Fueron las mujeres las primeras farmacólogas, elaborando remedios a base de hierbas medicinales.

Pero su experiencia, saber y conocimiento no se encontraba en los libros ni se aprendía cursando unos estudios.

Todo esto pertenecía a la cultura popular que los hombres no controlaban.

El origen de las brujas se encuentra en la acusación de mujeres sabias, con conocimientos médicos, farmacológicos y ginecológicos.

Pero, ¿por qué se producen estas acusaciones?

Existen dos razones principales para ello.

La primera de ellas fue una lucha por el poder económico y social.

A finales de la Edad Media y con el desarrollo incipiente de una nueva clase social, la burguesía, una clase adinerada, los médicos que por entonces eran más bien teóricos que prácticos se dan cuenta que pueden cobrar a esta clase social por sus servicios de medicina.

Además, las mujeres “solo” tenían conocimientos basados en sus experiencias, no en unos estudios, a diferencia de los hombres, por la enorme brecha educativa que existía y que impedía a las mujeres cursar estudios. De modo que las mujeres solo representaban la clase popular.

Para poder ganar esta lucha, los hombres deben despojar a las mujeres de su lugar como curanderas y sanadoras.

La segunda razón fue la Iglesia.

Esta consideró la sanación como hechicería, ya que sus remedios eran más eficaces que las oraciones y plegarias que obligaba la Iglesia a realizar, y esto ponía en peligro la sumisión de los y las fieles.

Unidos por un mismo objetivo, borrar a las mujeres del espacio que tenían, la medicina masculina y la Iglesia, amparados por el Estado, llevan a cabo una de las reacciones patriarcales más virulentas de toda la humanidad para eliminar a las sanadoras del saber científico de la medicina.

Durante los siglos XIV al XVII las curanderas son perseguidas y acusadas de brujería simplemente por tener conocimientos sobre medicina y ayudar a las clases más humildes.

El Estado y la Iglesia, en definitiva, los hombres, no podían tolerar que ninguna mujer intentase acceder en un ámbito que no era el del hogar y los cuidados.

No podían tolerar que tuviera conocimientos, que pensara o que no estuviera totalmente sometida.

Es por ello, que cualquier mujer inteligente, independiente, libre o que se saliera lo más mínimo de los márgenes considerados adecuados era sospechosa de bruja.

La brujería fue una estrategia, como muchas de la historia, para someter a las mujeres y aquellas que no podían someterlas, las ejecutaban bajo la excusa de la brujería.

No había ninguna mujer a salvo. Cualquier excusa era posible para realizar esta acusación, como reunirse a solas con otras mujeres, ser demasiado bella, no estar casada…

Para poder llevar a cabo esta caza de brujas se publica el Malleus Maleficarum, un tratado exhaustivo sobre la caza de brujas. Este libro crea el actual estereotipo de bruja anciana, que vuela en escoba, que tiene un gato negro, realiza sacrificios humanos y aquelarres nocturnos adorando al diablo.

Pero a pesar de este libro, llegó un punto que cualquier mujer podía ser acusada de brujería. Las viudas, las solteras, las casadas y por último las niñas.

Cualquier excusa servía para realizar la acusación, lo que querían era la sumisión.

De este modo tan cruel y salvaje, las mujeres fuimos expropiadas de nuestros saberes y así se pudo allanar el terreno para que en el siglo XVIII apareciera la figura del médico que únicamente atendería a las clases más altas.

Es decir, la medicina se convierte en una profesión masculinizada, clasista y patriarcal, a la que las mujeres tardaremos mucho en volver.

Aún a día de hoy los cargos de poder siguen siendo ostentados por hombres que quieren seguir ejerciendo el poder, para de este modo decidir sobre la cordura y la locura de las mujeres.

Pero esta caza de brujas no terminó en el siglo XVII.

El adjetivo “bruja” ha llegado hasta la actualidad para descalificar a las mujeres. Se ha llamado bruja a cualquier mujer que ha transgredido la norma patriarcal o los estereotipos de género. O simplemente, si no ha gustado su opinión.

Las mujeres inteligentes, independientes, libres, sin complejos, que no siguen los estereotipos, que luchan, que son fuertes, que pelean por sus sueños, que consiguen sus objetivos, que no se callan, que no son sumisas, que no están dispuestas a ser pisoteadas, ninguneadas o menospreciadas.

Todas ellas son, somos, brujas.

Porque cualquiera de nosotras podemos ser acusadas de bruja.

Porque aún a día de hoy pesa sobre nosotras un sistema patriarcal que nos obliga a seguir unas normas y si las trasgredes eres bruja, o puta, o fea, o gorda. Qué más da.

Todos estos adjetivos solo quieren una cosa, descalificarnos y someternos.

Pero yo estoy del lado de las brujas.

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