Las mujeres seguimos viviendo el problema que no tiene nombre

 In Libros, Psicología Feminista

En 1963 la estadounidense Betty Friedan publica su libro La Mística de la Feminidad, libro por el que el año siguiente ganó el premio Pulitzer.

En este libro la autora aborda el problema que no tiene nombre. Haciendo referencia con esta expresión al malestar que sentían las mujeres estadounidenses de clase media que no ejercían ningún trabajo ni actividad fuera del hogar. Simplemente se dedicaban a las tareas domésticas y a lograr ser las mejores esposas y madres.

Después de los numerosos logros que había logrado el feminismo a principios del siglo XX, se construyó un entramado político y cultural en que se relegaba de nuevo a la mujer al hogar. Se hacía de una forma tan sutil que las mujeres creían elegir “libremente” ese modo de vida.

Se idealizaba un estilo de vida para las mujeres que acabaría desembocando en una patente infelicidad y vacío común en la mayoría de la sociedad femenina.

A pesar de que muchas de ellas tenían el tipo de vida que debía hacerles felices, llegaron a un punto en el que no se identificaban con ella. No se identificaban con el prototipo de madre y ama de casa. Era insuficiente para sentirse realizadas.

A pesar de que el libro aborda un problema que se dio sobre todo durante los años 60 en Estados Unidos, el problema que no tiene nombre sigue acechando a las mujeres actuales.

Un claro ejemplo que podemos ver en la actualidad es la relación que tienen las mujeres con la maternidad.

Existe la concepción instaurada en la sociedad por la que cuando una pareja compuesta por un hombre y una mujer, si alguien tiene que rechazar a su carrera labora por el cuidado de los hijos e hijas, debe ser la mujer.

Muchas vece esta cuestión ni se plantea en la pareja, sino que simplemente es la mujer quien pasa a quedarse en casa.

Esto crea una sensación de vacío en la vida de las mujeres, pudiendo llegar a problemas más graves. Ellas han dedicado muchísimo tiempo de su vida y mucho esfuerzo a su formación y a encontrar un trabajo.

Pasan de tener un trabajo, de relacionarse con gente profesional de su ámbito, de ser independiente económicamente, en definitiva de ser libre, a dedicar su tiempo completamente a la maternidad.

Aunque el tiempo que dediquemos al cuidado sea temporal, será más complicado reincorporarse al trabajo o encontrar uno nuevo. Será más complicado ascender y mejorar. Y muchas quizá no lleguen a reincorporarse nunca.

En cambio esta situación no ocurre con los hombres, para ellos lo primero es su carrera, porque ya cuentan con que la mujer se encargará de los cuidados.

Con esto no pretendo menospreciar la experiencia de la maternidad, pero no es posible esperar tampoco que sea suficiente para llenar la vida de una mujer.

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